Es en épocas de crisis cuando nuestras competencias y recursos personales se ven más amenazados. En la incertidumbre, la desorientación y el desconocimiento, es cuando nuestro sentimiento de abandono renace y se posiciona en nuestra mente, dejándonos inmóviles y sin un rumbo claro. Lamentablemente, es justo en esta época, cuando los gerentes y directores de nuestras empresas se ven enfrentados a una difícil decisión: Cómo salir de la crisis: ¿junto a sus empleados o prescindiendo de alguno de ellos?
No cabe duda que las crisis son momentos muy complejos en la vida de las empresas y sus trabajadores. Un entorno revuelto y convulsionado amenaza nuestra estabilidad, sobrevivencia, integración y desarrollo. El norte que algún día fue claro y prometedor, se transforma en un camino pedregoso y con escasa visibilidad. Pero también es en estos momentos cuando necesitamos que nuestros líderes, directores, gerentes, y nosotros mismos, tengamos la capacidad y tranquilidad de encontrar alternativas efectivas para soportar las inclemencias del tiempo, y retomar juntos el rumbo perdido.
Lamentablemente, y casi como una condena, cada día más las estrategias de recursos humanos se orientan a la presión o la amenaza de desempleo como alternativas para recuperar la producción y el cumplimiento de objetivos y metas.
¿Cual es el resultado de esta estrategia en los trabajadores?
Tal vez en un primer momento, se logre la sensación de un fuerte remezón, acompañada de conductas estériles e ineficientes por cambiar la situación. En apariencia, los empleados se muestran con una actitud de mucha actividad, intentando miles de estrategias y acciones orientadas a mejorar su productividad y cumplir sus metas. En efecto esto es así, pero en muchas ocasiones el tratar de cumplir una tarea, sin tener la tranquilidad, la capacitación, las competencias o las habilidades necesarias, termina por desgastar a los empleados, quedándose con la sensación de que nada de lo que hagan es suficiente. Finalmente, y como resultado en el corto y mediano plazo, retorna el desencanto, la frustración, el mal clima laboral… la incertidumbre y la desorientación.
Sin embargo, y a pesar de no ser la opción más habitual, existen otras alternativas a la hora de enfrentar la crisis. Caminos sin duda de mayor complejidad, pero de mejores resultados. Opciones más difíciles y de mayor esfuerzo, pero más efectivas y enriquecedora. ¿Cuáles?: la motivación y el trabajo en equipo.
Por una parte, a través de distintas técnicas de motivación es posible rescatar competencias como la creatividad, el trabajo en equipo, la resiliencia, el cumplimiento de objetivos, la capacidad de enfrentar nuevos y complejos desafíos y salir victoriosos de ellos, entre otras. En resumen, potenciar el emprendimiento como una actitud de vida.
Para ello, las empresas y sus trabajadores deben recuperar la confianza perdida, restablecer sus vínculos y orientarse a objetivos comunes. El desafío está en reconocer y aceptar que empresarios y trabajadores tienen necesidades y metas particulares, pero que su cumplimiento depende de su sinergia y esfuerzo mancomunado. Este es el verdadero trabajo en equipo, aquel que busca un objetivo común, pero a la vez defiende, incentiva, protege y desarrolla a cada uno de los miembros del grupo, satisfaciendo sus necesidades individuales.
Si su empresa y sus trabajadores se encuentran en estos momentos con sensación de abandono e incertidumbre por lo que está pasando; preocupados por su presente y futuro y -lo mas importante- sin motivación o un norte claro hacia dónde dirigirse, piense que éste puede ser el comienzo de un cambio. El comienzo de un camino difícil pero repleto de oportunidades. El momento de retomar las riendas, y enfrentar esta crisis con fuerza, esperanza, mucho trabajo y confianza en sus competencias y de quienes lo rodean.
Este es el minuto. El minuto para cambiar y rescatar sueños y metas; para renovar competencias y actitud frente a la vida. Pero recuerde que, ante todo, serán la motivación y el trabajo en equipo, los elementos fundamentales para este cambio de mirada.
Por Claudio Gregoire



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