Una noche infernal

04Mar10

El sábado 27 de febrero, a las 3:34 de la madrugada, Chile sufrió uno de los terremotos más grandes en la historia del mundo. Con una magnitud de 8.8 grados, el movimiento fue seguido por una serie de maremotos que abarcaron una parte significativa de las costas del territorio, agudizando el terror, descontrol y miedo en la población, y aumentando horriblemente las cifras de muertos, desaparecidos y damnificados. A esto se sumaron las imágenes de la caída de edificios, casas, puentes ocasionadas por el avance de las aguas del Pacífico, que pasaron de ser un hermoso paisaje decorativo y fuente de recursos naturales, a nuestro peor enemigo.

Pero hoy no quiero hablar sobre esa noche… Tal vez porque el miedo y la angustia aún no me dejan pensar y estar en paz… pero también porque creo que quienes han pasado por algo similar pueden imaginarse lo horroroso del acto;  y quienes por vivir en distintos países tienen la fortuna de no conocer este tipo de catástrofes naturales, no podrían ni por un minuto imaginar esta sensación de indefensión.

Por eso creo más importante y prioritario fijar la mirada en nuestro presente y futuro.

Hoy es el momento de volver a sacudirnos del polvo, de la tristeza por los que murieron y aún se encuentran bajo los escombros de lo que un día fueron sus propias casas.  Los desaparecidos, los que quedaron bajo las estrellas sin tener dónde dormir, ni qué comer… bajo la incertidumbre y la desesperanza… bajo miles y miles de preguntas de porqué a nosotros nuevamente; porqué la naturaleza nos castiga de tal forma; porqué niños, ancianos, hombres y mujeres, tuvieron que encontrar la muerte en esa maldita noche; y qué nos depara el futuro.

Cuántos días, semanas, meses o años tardaremos en volver a ponernos de pie y sanar nuestras heridas y recuerdos.

Que los chilenos estamos acostumbrados a los sismos es verdad… pero de esta magnitud, creo que nadie lo puede estar. Pero somos un país fuerte. Un país que ha sabido de sufrimientos y horrores. Un país que se ha caído muchas veces, pero que también se ha levantado muchas más.

Somos hombres y mujeres que con trabajo y esperanza podremos salir adelante. Pero siempre hay que tener algo claro: es hora de unirnos en la desgracia y no enfrentar la adversidad solos.

El mayor error que podemos cometer es creer que nuestras necesidades individuales son prioritarias, y que debemos enfrentar esta situación egoístamente. Por el contrario, este es el momento de unirnos, de compartir lo poco que queda y unir las fuerzas en pos de un objetivo común: la re-construcción de nuestras ciudades, barrios, casas y, lo más importante, de nuestra vida.

Se que lo podemos lograr.  Lo hemos hecho tantas veces.

Por fortuna, no todos quedamos tan averiados y damnificados por esta catástrofe natural, por lo que podemos –y debemos- decirles a las víctimas y damnificados, que no están solos, que cuentan con el resto de sus compatriotas y de muchos países hermanos que se han unido a nuestra desgracia.

¡Así que adelante, mucha fuerza y todos juntos lo lograremos!

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